El Delta del Llobregat es un paisaje natural modificado por el hombre repetidas veces, en diferentes épocas y a diversas escalas. La naturaleza, el lugar, las dimensiones del los campos y de la playa, la luz y el mar han integrado ciertos elementos (huertas, riegos, lagunas artificiales, masías) constituyendo un “paisaje nuevo” no estrictamente natural.
Una rígida construcción neoclásica con una extraña finalidad militar, unos viejos cuarteles, se han convertido en ruinas y se han integrado en este nuevo paisaje, puede ser no estrictamente un paisaje natural, pero sí suficientemente digerido y pacificado por la naturaleza como para que las aves nidifiquen.
La presencia de una arquitectura tan formal como la del Semáforo, arquitectura, por otro lado, nada canónica, desprovista de su función, con un grado de ruina que altera ciertos elementos arquitectónicos (las cubiertas), introduce una extraña relación con el entorno, una variedad moderna de la ruina clásica aislada del paisaje, lo que crea una acción de legitimación estética mutua.
La ruina, que surge de la arena, a la que los vientos, el salitre y el sol han domesticado, es transformada por un elemento nuevo, artificial, de gran fuerza geométrica y ligado estrictamente a la nueva función del edificio: ser un mirador de aves. La rampa-pasarela es, a la vez, camino y espacio estancial, recorrido y mirador y con sus materiales busca, todo y su artificialidad, un diálogo con las cercas y pasarelas que existen en otras zonas del parque.
El antiguo cuartel, en cambio, está desprovisto de toda connotación estilística arquitectónica, pero tiene la forma y la construcción para ser al mismo tiempo, un hito en el paisaje y un espacio a percibir en el momento en que se atraviesa para llegar a la playa.
El camino, en un paisaje, es la forma racional de gozarlo, es la capacidad racional de ir y volver, de dejar las pisadas integradas en el medio.
La ruina, en este caso, formará parte de la categoría de aquellas arquitecturas primigenias, las que Le Corbusier aludía al hablar del juego mágico de los volúmenes bajo la luz.
No se escucha ni una ola en la playa desierta: que duerme el mar, dirías, en los brazos de la tierra.